Cáspita!

¡Cáspita!

GUERRA

I

Siempre estoy midiendo la inteligencia de los demás. Y cuando ya están tomadas todas las medidas me repliego a la frontera de su inteligencia, y allí nos juntamos a hablar tranquilamente. Yo les defiendo de que ataquen su puesto fronterizo y les pido que me dejen implantar una embajada en el centro, justo en el centro, de su país. Y celebran una bienvenida multitudinaria con boatos de monarca extranjero e importante. Y alguna vez, de noche, quedamos para en secreto ampliar sus fronteras. Les escribo algún decreto que alegremente cuelgan de las calles de la ciudad con su firma, y a mí me gusta que me oculten y, que a veces, quieran que viva en su país, al cargo de alguna institución importante. Presidente de la real academia de lenguas clásicas, les digo yo. Y luego, rechazo el cargo. A veces me llega una noticia grave, los campos del norte han sido invadidos por los malos. Me ciño mi casaca, empuño el sable y me encargo de acabar con todos los indecentes. Mis heridas sangran por la mañana, yo las contemplo como trofeos hermosos de mi victoria. Y en cuanto nos ponemos en pie celebramos una fiesta inventada, que sumamos al calendario. Cuando me marcho quiero olvidarme de todo lo sucedido y pienso en la Escala Métrica Decimal.
Que debe haber un error de algún centímetro.



II

Con mis novias todo fueron batallas fronterizas, escaramuzas y guerra de guerrillas, por mucho que yo me rindiese de lo que las quería. Y atacaba, también, por defenderme, con armas de juguete, armas estúpidas de juguete.
No quiero decir que siempre nos estábamos peleando sino que yo recibía estúpidas declaraciones de guerra y me cansaba abrir tanto correo, me agotaba al ver sus fronteras siempre en la misma llanura. Y si luchaba era por conquistar nuevos territorios y porque el mundo se olvidase de nosotros, ¿o era al revés?. Nosotros del mundo.
Era una lucha pacifista y silenciosa, cariñosa y llena de regalos. Mis armas eran regalos de animales enormes. Mis regalos, mis armas, siempre hacían cosquillas, y eran la envidia de todos los estrategas. (Sólo una vez le di a elba un regalo que era beligerante y duro, pero sólo para que se olvidase de mí. Aún así no dejó de ser un gran regalo). Detesto a los pacifistas como detesto las armas que no son un regalo.
Ahora mis arsenales guardan, en mi palacio de invierno, Nuevos Mapas que dibujo de Nuevas Invasiones. El único inconveniente es que son hacia países imaginarios. Mando espías que busquen aquel país que no existía y, después de un año, vuelven con la noticia: “Le comunico, que no existía”.

A DIVINIS

¿Quién sabe más del alma humana: los curas, los sicólogos o los publicistas?.

LORENA

Me he pasado horas hablando con Lorena por teléfono. Le conté muchas cosas. Le gusta que le cuente todas mis historias fantásticas. Su curiosidad sólo es comparable a mis ganas de satisfacerla.

Lo bueno de las mujeres es que les gusta escuchar. El hombre también pone mucha atención a la hora de escuchar, pero sólo a sí mismo, no puede evitar ser un fanfarrón. Yo escucho y también soy un fanfarrón muy prudente.

CREER

Lo importante es lo que uno cree, no lo que diga, ese epifenómeno que son las creencias. Y yo digo una cosa y creo otra y pienso otra totalmente diferente a las anteriores y hago lo contrario. Aprended a actuar así y veréis que simple y verdadero resulta todo. Si pensáis actuáis y decís todo de la misma manera algún día se romperá todo por alguna parte. Porque eso es imposible.

IDILIO CON DOS GOTAS DE TINTA


Intentando que mi pluma escribiese acabo de derramar dos intensas gotas de tinta sobre mi pecho. Las dejaré ahí hasta el próximo verano.
Miro hacia mi pecho y observo las dos gotitas y toda su delimitada hermosura, su proclama perfecta de negrura. Y como invaden en simétricas arborescencias los surcos de mi piel. Renuncian a su negrura por abarcar mi cuerpo y alrededor de su centro dejan de ser tan precisas. Como continúen extendiéndose se van a unir como ejércitos inesperados. Para defender todo lo mío. Gracias por conquistar mi pecho con estrategias bélicas y con lentitud pacifista. Gracias por defenderme de los demás. La tinta me quiere y me invade y yo la quiero y la conquisto.

CREER II

Estoy harto de escuchar: el yo es una leyenda épica que nos contamos y nos creemos; la patria es un invento que otros nos cuentan y algunos se creen, etc, etc... ¿Qué hay que creer entonces, putos nihilistas? Sino al sutil amparo de esa necesidad, esa necesidad. El símbolo que en el medio se conjuga entre necesidad y amparo.
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(Fragmento: IN LITERA IN PECTORE SUSPIRIA DE PRUFUNDIS 6-8 de diciembre MMIII)

CARTA A BEA

Lo que dices del pecado, achacándome a mí ser cristiano o estar afectado de un puritanismo o complejo de alguna índole religiosa o moral, me recuerda a lo que me decía Joaquín cuando le dije que no me gustaban las playas nudistas, que no practicaba el desnudismo y que si algo agradecía a los cristianos era ese sentido de pudor y recato tan acentuado en ellos.
Él me dijo: tienes un complejo físico (¿se referiría a la polla?), hay algo en ti que no te gusta y no quieres mostrar por vergüenza, y además eres cristiano.
No entendió nada. Aplicó su criterio de gay a lo que le contaba, y el criterio gay es uno de los más obtusos que existen. Por mucho que le explicara que lo que no soportaba de las playas de personas desnudas era que no me gustaba ver a personas desnudas, precisamente, no quiso entenderlo. Le podía argumentar lo que fuese, que no me apetece ver a gente desconocida y fea desnuda, que no me parece estético, no le veo nada interesante, que él me decía: no, lo que te pasa a ti es que tienes un complejo bla bla bla... Yo flipo, le estoy explicando algo, argumentando (y en todo caso es cuestión de gusto) y él me dice lo que tiene que ser indubitablemente, es decir, no me hace puto caso y se otorga la posesión de la verdad, de la verdad sobre mí, nada menos. Eso es lo que yo llamo criterios estrechos extensivos.

No hagas tú lo mismo.

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ORNAMENTO


(o La Estética de No Hacer Nada)

No sabes lo que me gustaron tus comentarios de Burger King of the Jews (Iesus Nazarenus Rex Burger Iudeorum). Cuando me llamaste estaba en el paseo marítimo, sentado al sol, leyendo el Tratado de la vida elegante, de Balzac. Fantástico este libro, secunda todas mis ideas, parece escrito para apoyar completamente mi forma de pensar. Está repleto de aforismos con los que podría reescribir los Diez Mandamientos. Aborda la encomiable ocupación de no hacer nada, con una entereza moral y un no mirar a atrás, difícil de encontrar hoy en día.
Balzac divide a las personas en tres clases, a saber: el hombre que trabaja (dedicado a la vida ocupada); el hombre que piensa (dedicado a la vida artística); y el hombre que no hace nada (dedicado a la vida elegante).
El hombre que trabaja carece de variantes, da igual a lo que se dedique; es el mismo instrumento aplicado a distintas funciones, la misma herramienta que tan sólo se diferencia por el mango. El hombre que trabaja es un medio y, como medio, se exime de elegir y pierde su libertad. Está sujeto a la ley del mercado. Su vida ocupada no le deja tiempo para observar ni para sacar conclusiones, pero esto le viene bien. Pensar requiere de un reposo al que no se puede dedicar. Para él la realidad existe para ser padecida.
El hombre que piensa, el artista, ha convertido su ocio en su trabajo y su trabajo en un descanso. No está sometido a las leyes; las crea. Tanto como si no tiene nada como si lo gasta todo; tanto si viste de segunda mano como si va a la última moda; tanto si pasea en bicicleta como en carruaje, imprime a las cosas la misma intensidad, se instituye como canon de sí mismo y moldea todo a su imagen. Lo que le rodea queda inmediatamente enriquecido y elevado. Para él la realidad existe para ser transformada.
El hombre que no hace nada se consagra únicamente a la vida elegante. Y la vida elegante, en la más amplia acepción del término, es el arte de alentar el reposo. Es una forma pausada de adornar el tedio. El hombre que no hace nada no necesita trabajar para gastar dinero, y no necesita gastar dinero para diferenciarse. En definitiva; el hombre de la vida elegante sabe disfrutar del lujo sin tener que haberlo trabajado. Para él la realidad existe para ser ornamentada.

Todo este análisis es de una pulcritud ética que sólo se da cuando se miran las cosas desde cierta altura. Y, a mí –que últimamente le daba vueltas a la posibilidad de cambiar, que barruntaba sobre qué debería hacer conmigo mismo– me sirve para reafirmarme en la conclusión a la que había llegado: Como no he hecho nada importante en mi vida he decidido dar un giro radical, y tampoco hacer nada de lo común. Disciplinariamente no hacer nada. Atención, no nos confundamos, no hacer nada en absoluto no es sencillo, es una de las disciplinas más duras a las que uno se puede someter, y que no estoy seguro de poder afrontar. Es decir, no hacer nada nos exige estar alerta para no caer en la tentación de hacer algo de vez en cuando sólo por tener una disculpa para poder justificarse ante los demás. Porque hoy en día no dedicarse a nada, no hacer nada en absoluto, está peor visto que hacer algo malo. Se necesita una disciplina de cuarzo para no caer en la tentación de hacer alguna cosita para escapar de auto-culparse y por huir del juicio de los demás. Se necesita de una firmeza, de una contumacia, digna de mejor causa. Uno debe mantenerse firme y altivo, como si se tratase de una gran causa. Como si a nuestras tropas no las dirigiésemos a las Termópilas, como si no hubiese Pirro diseñado la batalla.1
Yo siempre que pude he sido un gran teórico de no hacer nada. Había escrito un opúsculo, El Noble Arte de Estar Sentado, del que a veces llegué a ser un humilde seguidor. Cuando estaba en mi casa sentado en un sillón y llamaban por teléfono, muchas veces no lo cogía por no interrumpir la loable labor de no hacer nada. No me levantaba, no por cansancio, sino por mantener una unidad de criterio; una constancia en la disciplina de las prioridades. Quedarse sentado en un sillón –por mucho que te acucie un teléfono– por no considerar finalizada la actividad de estar sentado, es de un empaque ético impresionante. Que un desconocido ose interrumpirnos cuando tú has decidido estar sentado y dedicarte únicamente a pensar, es inaceptable. Esta es una manera ciertamente noble de ver las cosas, que denota algún escepticismo, y mucho sentido de la preferencia. Y del deber.

Hoy en día ya no hay nobles, ni siquiera ricos como los de antes, que sabían ejercer de rico. Hoy, desaparecidas las clases del trabajador y del propietario –del que produce para el que consume– sólo queda una clase híbrida: el trabajador-consumidor.2 Los pobres no sólo producen sino que son los mayores consumidores, en realidad el motor del sistema, y los ricos son los que más trabajan; pobres!. El rico del siglo XIX aún sabía disfrutar del rédito sin esfuerzo. Hoy el rico, el empresario, es un estúpido que sólo sabe trabajar, que ya no tiene tiempo para el ocio ni para cultivarse. Al pobre, al trabajador, que antes estaba dedicado únicamente a la producción, hoy se le ha seducido con el consumo y con el ocio como objeto de consumo, y se ha tirado de cabeza a él, y como aún lleva uncidas las bridas del trabajador decimonónico, en el esfuerzo de la caída, de alcanzar esa meta, tira de todo el sistema. Pero no siempre se ha tenido una idea positiva del trabajo.
Todo lo contrario que hoy en día, en Grecia estaba mal visto trabajar. Una jornada normal nunca excedía las seis horas, tres por la mañana, en las que se incluía un paseo por el mercado, y tres por la tarde. De tal manera se despreciaba el trabajo físico (a no ser el del gimnasio, aunque realmente no era trabajo sino disciplina), que se prefería discutir horas sobre un asunto a demostrarlo empíricamente. Cuando Diógenes para refutar las célebres aporías del incontestable Zenón de Elea se puso de pie y caminó, hizo el payaso. Y no tanto por rebatir con un hecho, sino por no saber rebatir con un argumento, según creo yo. No hasta el siglo XVII a Galileo se le ocurrió argumentar con hechos, utilizar lo empírico, e inauguró así la ciencia moderna.3

Cuando yo trabajaba haciendo decorados para el cine, la tele y el teatro, llevado por la reflexión: Ya me parece bastante indigno y humillante trabajar como para encima tener que hacerlo vestido con un mono, iba al trabajo vestido de traje y corbata, y pintaba los decorados, modelaba barro, o lijaba una madera, ritualmente ataviado con pantalón de raya, camisa blanca, ceñido chaleco, americana y corbata, cuando todos los demás vestían como obreros.4

Ya lo dice el tratado de Balzac: la vanidad es el arte de endomingarse todos los días. Y yo soy un vanidoso tipo.5 Creo que parte del spleen que sobrellevo últimamente puede venir de ahí. Desde que me robaron la maleta donde llevaba toda mi ropa ya no puedo endomingarme todos los días, y, yo –que cuando no soy un vanidoso soy un fatuo– no puedo más que estar afectado y triste. Y si bien nunca pude ser un dandy –lo que era mi ilusión– ahora no podré ser ni un dandy decadente, lo cual aún estaba a mi alcance. Y cuando la fatuidad no es adornada con el perifollo, queda inmediatamente devaluada, no es fatuidad ni es nada. Ya nadie me hace caso por la vía de lo pomposo, que era un recurso mío; llamar la atención con algún detalle extravagante, siempre sutil, que actuaba directo al subconsciente. Encandilando tanto a las adolescentes como a los premios Nóbel.6
Pero todo esto me plantea un problema: ¿cómo ser un dandy, ni siquiera un dandy decadente –que en realidad es una forma estetizante de mi fracaso– sin toda mi ropita preferida?7
Borges decía que Wilde era un caballero dedicado a la pobre pretensión de asombrar con metáforas y con corbatas. A mí, sin mi ajuar, sólo me quedan las metáforas y tendré que desechar mi ilustre propósito de no hacer nada, de dedicarme a la vida petulante, y debo optar por la vida del hombre que piensa, aunque sólo sea porque, según Balzac: Un artista vive como quiere... o como puede.
Todo es cuestión de ornamento, y si resulta peregrino atarse una metáfora al cuello peor es intentar dialogar con una simple corbata, pero como de algo hay que adornarse, y ya que no puedo sorprender con mi ajuar de seda con rositas rococó, me dedicaré a asombrar con metáforas, a seducir por medios subrepticios, a posar como si fuese inteligente. Y desfilar –destituido de mi vestuario– con el regio traje invisible que portaré arrogante –como si todos lo viesen– con boato de estilista. Ya que no alcanzo mi ideal de llegar a lo que más deseaba: ser sinecurista –honorable ocupación– cambio de objetivo y me dedico, con un empeño porcino y algo jesuítico, a lo único que no sé hacer: escribir.
Es lo único que quiero hacer, y como todo lo demás que necesito es gratis: la biblioteca, internet, hasta comer es gratis; no tengo que preocuparme por nada. Sólo quizás por el remolino que gira dentro de mí que no parece adaptarse al clima. El remolino en el abismo, según una metáfora atlántica y oscura. Por lo demás...
La ciudad esta llena de bibliotecas repletas de libros que puedo leer8 donde también tienen internet; y comer –que es sólo una incomodidad ineludible más– la cubro gracias a la bondad de Dios. Ahora, si dios fuese más bondadoso, me habría creado sin estómago.9 Lástima que Cristo cuando habló de dar de comer al hambriento y de beber al sediento no mencionase para nada el servicio a domicilio (que yo sepa). De ser así el cristianismo sería perfecto y yo no tendría que dejar de escribir de vez en cuando para eliminar esa acuciante sensación.10 Pero Cristo, como yo supuse en Burger King of the Jews (Iesus Nazarenus Rex Burger Iudeorum). nunca trabajó en un fast food, y sin embargo Dios sí se permitió la molestia de crearme con estómago.

Y no sólo con estómago, sino con la incomprensible necesidad de que me quieran; que acabó convirtiéndose en una de mis mayores preocupaciones y en una gran molestia. Me preguntaba: y cómo haré yo para librarme de esta necesidad. Sólo se me ocurre cultivar mi personalidad hasta el extremo, se me ocurre extremar el adorno; y la mejor manera de adornarme, la más accesible desde mi posición de ahora, es escribir y no hacer nada; y de todo esto ser un contumaz defensor. Entonces el ornamento ya no enriquece la función sino que se convierte en ella. Se diluye la diferencia entre capricho y necesidad. Porque todo lo que deseo es lo que necesito. Ahora bien, el adorno ya no es, como antes, una camisa de seda negra, ni mis poses autodestructivas, sino el esfuerzo por darme todos mis caprichos, el capricho absolutista de concederme el privilegio de ser yo el único objeto digno de mi estudio; al lado de la torre de Hércules volverme de marfil yo también. Como Hölderlin en su torre, en la mía destilar oro. En esa altura extremando mi personalidad hasta el paroxismo –además de correr un peligro infinito– la convierto en mi única devoción, necesitando muy poco todo lo demás. Porque todo lo que necesito es lo que deseo. Y nada que no acreciente mi particularidad realmente lo deseo, o al menos esto me propongo. Y así, yo, envestido de hierofante criso-elefantino, escenifico esta transustanciación. Menuda papeleta.
Ritualizo el no hacer nada –sólo pensar– y presumir de ello, en una misma eucarística operación, para que de ella surja el acto de escribir como su hipostasía.

¿Quién hoy en día se para en seco y decide no hacer nada, sólo escribir, y se queda tan ancho?. ¿Quién se atreve a hacer un apostolado de la quietud con tanta desfachatez?. O un auténtico descerebrado o un desviado típico. Yo, además, soy un aprendiz de moralista atrapado en el cuerpo de un coruñés. Lo cual no es poco. Y lo único que hago es armar un entramado estetizante con los fragmentos torpes que se desprenden cuando gira el colosal desastre en el que me he convertido. Lo cual no es menos.

Todo esto me convierte en un offside. En algo raro hasta para los repartidores de pizza. Es probable que nadie lleve una vida tan anárquica y tan disciplinada a la vez. Pero nunca se me podrá reprochar el hacer algo mal porque nunca he hecho nada, salvo ajustar textos hasta que funcionan como perfectos mecanismos silenciosos, de mensajes estridentes y extraños, que actúan como máquinas telépatas. Sólo se me puede acusar de cultivar una fecunda inutilidad, de valer para cualquier cosa y hacer exactamente nada. El chaval está desaprovechado, cierto. Pero el chaval, aunque no entienda nada de lo que pasa, chana. Y el que chana –aunque se equivoque– conoce el secreto.
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la `patafísica es la ciencia
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1 Y si alguien me afea la conducta por no hacer nada, o por llevar esta vida ociosa, no se lo tendré en cuenta. Y pensaré sotto voce: ¿Pero no es acaso el ideal de todos vosotros: el reposo, no hacer nada, o en cualquier caso dedicarse a lo que a uno le gusta sin ninguna otra preocupación? ¿No trabajáis once meses para hacer estas cosas sólo uno?. Pues a eso me dedico yo. Sé disfrutar del reposo sin pasar por la molestia previa del esfuerzo y del cansancio. Es una virtud y es un atajo. Si la gente sigue protestando por esto, me empujan a pensar que les mueve la envidia.
2 Marx estaría flipado. Nunca pudo imaginar que se disolverían las clases por la vía tibia de la fusión. Si levantase la cabeza se quedaría sorprendido de lo que consiguió el trabajador en esta sociedad capitalista, mucho más de lo que él esperaba de su paraíso socialista. Desde que existen los Cadena-Cien ya no es posible la revolución ¿Quién quiere tomar la Bastilla si cualquier deseo se sacia con 60 céntimos? ¿Para qué asaltar el Palacio de Invierno, con el frío que hace?.
3 De esta confianza en el experimento nace el positivismo en la ciencia y el espíritu queda desplazado, confinado al ámbito de la mecánica, o lo que es lo mismo, a un erial en el que morirá por inanición, dando sus últimos suspiros a finales del siglo XIX. El objeto se subleva contra el hombre, comienza la batalla Ciencia-Poesía, Tecnología-Espíritu, Máquina-Fetiche. Baudelaire se da perfecta cuenta de que se ha iniciado este proceso, es el primero en sospechar este holocausto, en intuir la estética post-industrial y la moral de rebaño que se avecinaban. Es, por esto, el primer poeta moderno, el primero, precisamente por esto, en estar herido de muerte; que es como mejor se escribe. Vendrán todos después de él, los que de la poesía sólo podrán encarnar su malditismo, el estigma social de ser hombres fuera de época, pues ha llegado la Era de los Mercaderes. La revolución industrial fue acorralando al poeta, disipando el espíritu, en la medida que estos mercaderes industrializaban sectores, destruyendo el fetiche artesano en favor de la máquina-objeto. Uno de los artificios más misteriosos y anómalos que podemos observar es un autómata; justamente por esa unión monstruosa entre máquina y alma, que se intensifica hasta el pavor cuando nos miran con sus ojos mecánicos. Ruskin fue de los pocos que creían poder conciliar el espíritu con la maquina; y proponía dar forma a las locomotoras de furiosos dragones, disfrazar a la máquina de vapor de animal fantástico, el progreso de ornamento, dar vida al objeto. Y por un segundo nos pareció vislumbrar una unión posible cuando el Modernismo, en algún momento del siglo, tomó la arquitectura y embelleció a la máquina, que emergió ante nuestros ojos con las formas del Nautilus.
La máquina aún no estaba independizada de la artesanía, ni siquiera tenía constituida su entidad (aún tendría que llegar Filippo Tommaso Marinetti para sacralizarla, o
Duchamp para entronizarla, antes de que se vaciase del todo), así que se travestía con las formas del arte. Pero cuando se independiza utilizó la ropa más barata, se olvidó de adornarse, con el fin de bajar costes para que hasta el trabajador pudiese consumirla. Los mercaderes –que estaban ganando la batalla y cada vez profanaban nuevos templos– habían puesto de saldo el mundo, por lo que se creían eximidos de envolverlo con papel de regalo. En definitiva, la forma ha olvidado su deber de adornar el fondo, el mundo estaba siendo desacralizado, ya no es lugar para el poeta. Pregúntenle a Ford cuánto espíritu cabe inculcar en una cadena de montaje.
Pero este tema –valga la digresión– es para hablarlo en otro sitio, donde me gustaría interpretar el final del siglo XIX como una contienda estética que se perdió contra el filisteísmo que se extenderá por el nuevo siglo bajo la consigna deprimente y arrasadora del progreso; ese animal domestico que se viste de tecnología en el funeral del espíritu; donde suenan las campanadas que marcan el comienzo del tiempo insano en el que se escindirán fondo y forma. El tiempo –como diría Rimbaud al oido de Henry Miller– de los asesinos. (Dicho sea de paso, los tiempos donde acabaría el asesinato considerado como una de las Bellas Artes, según pronostica De Quincey en la misma ciudad en la que The Ripper inventa al asesino moderno, el asesino en serie, que es un nuevo tipo de artista que como no puede desarrollarse en el arte de lo creativo, convierte la destrucción en un arte). Es decir, para el caso que tratamos aquí, la época en la que el ornamento pierde el derecho de enriquecer la función.

4 En realidad iba a trabajar vestido normal –dentro de mi natural extravagancia– y allí me cambiaba mientras los demás se ponían su ropa de trabajo. Así y todo, cuando cerraron, fui el último del que prescindieron.
5 Por eso me engalanaba todos los días para trabajar, por eso y por dejar constancia del rollo que es trabajar y lo muy por encima que yo estaba de eso. Nunca canto mientras trabajo, es de pazguatos, si alguna vez lo hacía era por entonar: ...es una lata el trabajar, todos los días te tienes que levantar... Magnifica canción de la que se colige que no es estrictamente necesario levantarse de la cama todos los días; sabia conclusión.
6 En una ocasión fui a oír una conferencia de un premio Nóbel negro, en Santiago (Wole Soyinka). Cuando acabó el acto, alrededor del premio Nóbel se juntó todo un grupo de literatos gallegos, por allí andaba Ferrín, brillante como si lo hubiesen encerado. Entonces el negro se levanta y apartando a todos los escritores que lo rodeaban se dirige hacía mí y me pregunta: Are you also a writer?. Que olfato de negro tenía ese Nóbel, quiero pensar.
Las adolescentes del Femenino me llamaban, sin yo saberlo y sin siquiera conocerme: El guapo del Borrazas (cuando el Borrazas aún no era cónclave de decadentismo); o, las más imaginativas: El niño artista. Tú no me conocías entonces, ahora mi toilette se reduce a una ducha de agua fría, cuando antes no salía de casa sin pintarme la raya de los ojos de negro-chapapote, o sin calcular algún detalle que se insinuase con sutil estridencia. Practicaba un colorido dandismo atlántico pre-decadente, con ínfulas de no hacer nada y de entender menos.

7 La mitad de mi ropa me la compraba Yolanda, era un entretenimiento suyo. Hablando de Yolanda; yo siempre diré –tengo que reconocerlo– que estar con ella valió la pena en el fondo ...de armario.
8 Menos las del ayuntamiento. Que fui a preguntar el otro día por el carné, que hacía años que no utilizaba, y me dijeron que yo estaba proscrito hasta el 2050. Les pregunté: ¿Y cuanto falta?. A lo que unas adolescentes que estaban a mi espalda echaron una risita de adolescente, encantadora. Sólo por escucharlas valió la pena tener que esperar 41 años.
9 Diógenes, cuando le llamaban la atención por vareársela en la plaza publica, decía: Ojalá pudiese quitarme el hambre con un simple masaje en el estomago. Para Diógenes la concupiscencia era sólo una perdida de tiempo, un estorbo del que estaría contento con deshacerse de él.
10
Cuando escribo, cualquier otra cosa me resulta un estorbo. Y mi horario se vuelve bastante regular.

CARTA A CARLO

Estuve en el Fnac y encontré un número increíble de cosas interesantes por metro cuadrado. En un libro que se titula Los setenta grandes inventos y descubrimientos del mundo antiguo, de Blume, busqué en el capitulo de juegos a ver si aparecía el yo-yo. También había una edición de Paideia, en un solo volumen enorme, la edición de la biblioteca por lo menos ocupa cinco libros grandes. Solamente costaba 10 euros la primera traducción al castellano de La vida arrebatada de F.N. de su amigo Overbeck. Y me encontré con un libro que no conocía de nada, pero será el primero que me compre: Gödel, Escher, Bach. Un eterno y frágil bucle. Y estaba allí El origen del hombre, de Darwin, que escribió 12 años después de El origen de las especies donde pasa por alto de manera elocuente cualquier referencia a la evolución en el hombre, como te había dicho, y como remarcaba la contraportada del libro. Para que veas que voy de la fuente a la tesis, y no al revés, como tu amigo Freud.

Por cierto, hablando de Freud, leí esto en las primeras paginas del libro de Alain de Benoist: En opinión de Gehlen, la inhibición de algunas pulsiones es signo de una actividad humana normal; por el contrario, la liberación anárquica de todas las pulsiones (freudismo) priva al hombre de su humanidad. Tendrías que leer el texto completo, así sesgado se entiende mal, pero lo importante es que encontré donde también ponen en duda radical a Freud, y me ha hecho pensar que toda ciencia de lo general (marxismo, freudismo1...) es en realidad una moral de lo general, es un sistema igualitarista, que intenta imponer lo común, lo repetido, en detrimento de la diferencia, de la excepción y de la anomalía, con ese afán de normativizar, de igualar lo alto y lo bajo en una talla media estándar2, quizás por ese miedo del que te hablaba al mismo hecho de existir, al misterio multiforme de existir, de sentir lo plural.
Cuando Marx divide al hombre entre opresores y oprimidos, e interpreta la historia como una lucha entre estas dos clases, además de ser simplista, reduce al hombre a la mera condición de productor, lo mira desde un solo punto de vista, todo otro matiz es intrascendente o anómalo para él3. Y le es necesario todo esta esquematización coherente de la realidad para sentirse seguro, un miembro destacado de la Liga de los Justos. Un rabino más, que, en realidad, a sustituido a Dios por el Estado pero que se ha olvidado otra vez del hombre, y su multiplicidad potencial.
Igual hace Freud, se imagina que existe una forma sana de la personalidad, y se dedica a establecer cual es la conducta normal de esa personalidad, olvidando que no hay más que excepciones que se multiplican4. Cuando diagnostica a un paranoico o a un esquizofrénico, por ejemplo, lo que hace es medirlo hacia abajo, buscar las características comunes de su conducta que le permitan clasificarlo como esquizofrénico, rebajarlo a esquizofrénico, en lugar de buscar lo particular entre esas conductas que lo hagan una excepción en lugar de una anomalía, que lo determinen como persona concreta y única en lugar de anularlo metiéndolo en el saco de la anormalidad, aislándolo del conjunto psicotípico de lo repetido. Entre toda la variedad de conductas escoge las que le dejan decir que es un esquizofrénico y no Leopoldo Maria Panero. Freud también se olvida del hombre, y de su particularidad esencial.
Pero esta normativización de la conducta también sucede de forma no negativa. Los gays están contentos de instituirse como categoría, y si les preguntas dicen, todos contentos: Soy gay, como una manifestación fundacional de su persona. Si yo fuese gay no me definiría como gay –como nadie se define como omnívoro por mucho que le guste comer de todo– por mucho que me gustase meterme rollos por el bul. Cómo podría cometer el error de definir el todo por la parte?5. Somos un complejo sistema de particularidades, por qué limitarnos con lo que nos iguala en lugar de elevarse con lo que nos diferencia, por qué definirnos por lo que tenemos en común con los demás y no por lo que sólo tenemos nosotros. O simplemente por qué definirse, y no asumir ese conjunto diverso como una forma estable por sí misma. Parece que la gente escapa de ser uno mismo, o no lo sabe hacer, y tiende a lo gregario para arroparse con una identidad. Pero todo esto se hace por el miedo a ¿no ser nada, al vació? ¿a la variedad de la existencia, o al dejar de existir?. Tal vez ni sean motivos tan profundos y se hace sólo por un temor a la diferencia con los demás que nos pueda llevar a ser marginados, el temor a la locura que nos aparte, al qué pensarán de nosotros, a ser excluidos, en definitiva a la soledad que no se busca, en definitiva a la incomunicación.

Ahora recuerdo que había intentado hace tiempo demostrar la existencia del alma en un articulo que se titulaba Los deseos de Shidarta (bonito título que alitera como un palíndromo). En resumen allí decía que todo deseo remite a una necesidad, toda necesidad a una función, y toda función a un órgano. Por ejemplo la sed es el deseo que refiere a la necesidad de hidratarnos, la necesidad de hidratarnos a la función de depurarnos, y esta al órgano del riñón, y bueno, todo el conjunto es una parte esencial para el mecanismo de la vida. Lo mismo sucede con los demás deseos, si alguno falla algo va mal, y el sistema se perturba. Pues bien, luego de contar un capitulo de la vida de Buda en el que después de una iluminación establece los fundamentos del budismo6, yo explicaba que si bien Shidarta eliminó todos los deseos, no pudo evitar ir a contárselo a sus compañeros de meditación al momento, y me preguntaba: ¿El deseo de Buda de contar a sus discípulos lo que había descubierto a que función remite, y la función a que órgano?. La necesidad es contar; la función es la comunicación; el órgano: el alma. Quod erat demonstrandum. La necesidad de comunicarnos deviene del alma, y demuestra que existe.
Si no nos comunicamos el alma se marchita, y todo el sistema se resiente. Si esto es así, para comunicarnos necesitamos estar rodeados de los demás y por esto no conviene diferenciarnos demasiado, para no quedarnos solos e incomunicados. El temor al rechazo nos hace vestirnos con el camuflaje de lo común. Pero lo cierto es que el alma crece con la acumulación de experiencias y de datos –que surgen de la diversidad– y con la cosecha de la propia individualidad.

la ´patafisica es la ciencia
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P.S.
Mal ya pensaba de Marx y de Freud antes. Esto escribía en el 2003:
Pla decía que Marx se dirigía a los sanos, yo lo dudo, pero da igual, ahora ya son enfermos. Y decía que Freud –que le debe a Marx el haber duplicado su clientela– se dirigía a los enfermos para curarlos, pero la verdad es que convirtió en contagioso, en enfermizo, lo que eran sólo algunas malas costumbres.
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1 A partir de aquí cuando digo Freud y Marx quiero decir psiquiatría y socialismo.
2 No ha de haber ni pobres ni ricos, quien es pausado padece apatía y quien es animado hiperactividad.
3 Como le decía a un amigo hace tiempo: El paraíso marxista es una extensión de bloques de viviendas de cemento todos iguales, sin el mínimo ornamento, donde uno reposa tirado en la acera con la pesada sensación de tener la barriga demasiado llena, y sin ninguna otra preocupación.
4 No hay norma, hay diferencia.
5 ...teniendo en cuenta la parte de la que estamos hablando. Y conste que yo no tengo nada contra los que gustan de meter cosas por el bul (de hecho la última chica de la que me enamoré pretendía esto), lo que me resulta curioso es que definan toda su identidad, todo lo que son, por ese detalle. Parece que quedan tan a gusto después de meter la parte en el todo que luego definen el todo por la parte. En meterse algún rollo por el bul no pasa nada, ahora, no hay que hacer de eso un tótem. Tampoco cabría.
6 Tendría que contarte en detalle el episodio. La conclusión a la que llegó, como sabes, es que el sufrimiento viene de la insatisfacción al no poder cumplir nuestros deseos. De esta reflexión concluye: Para no sufrir hay que no desear, y por lo tanto elimina todas sus necesidades. Todas –esta es la novedad de mi propuesta– menos una.

Mi Bici

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Bicicleta anarco-fascista, estupendo aparato para pensar.
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