Cáspita!

¡Cáspita!

RELOJES EN LA ARENA


CARTA A ESTÍBALIZ ESPINOSA

Mis abuelos y los hermanos de mi abuela tenían un cine en la Costa de la Muerte. Cada uno desempeñaba una función. Mi abuelo se encargaba de la noble tarea de proyectar las películas, ya casi podemos decir: el viejo oficio de maquinista de cine. Yo siempre subía al primer piso y entraba en la cabina de proyecciones para ver a mi abuelo y todas las cosas que por allí se esparcían, y a la impertérrita máquina. Por el suelo estaba Hollywood, un montón de fotogramas que yo recogía y que luego, con una caja de galletas, una bombilla, cables y lentes, me construía una máquina para verlos. El proyector mostraba cierto aire estilo 1900, y aquella belleza futurista, porque sin duda tenía pretensiones de velocidad, aunque estaba despóticamente soldado al suelo, hacía volar a todo el pueblo. Había manivelas y ruedas y palancas, que mi abuelo manejaba. En el centro se podía ver una ventanita donde todo sucedía. Mi abuelo movía dos manivelas para mantener a una distancia crítica dos electrodos, para mi gusto bastante hipervoltaicos, que producían una luz blanquísima y potentísima. La ventanita tenía los cristales ahumados, casi opacos, de no ser así no podríamos soportar tanta blancura, tanta pureza interior. Cuando se gastaban los electrodos quedaban unas barritas de carbón forradas de cobre, por el suelo había muchas y yo siempre intentaba que me sirviesen para dibujar como carboncillos, pero eran demasiado duras y sólo rallaban, lo que no me impedía probarlo de nuevo cada vez que volvía al cine.

John Ruskin, en la incipiente era de la industrialización, abominaba de las máquinas. Pensaba que, ya que tenían el mal gusto de ser necesarias, al menos deberían adornarse con hábitos formidables. Quería que los trenes se disfrazasen de fogosos dragones respirando fuego y agitando las alas al correr. Si algún caso se le hubiese hecho, hoy veríamos disfrazar a los aspiradores de diplodocus voraces, los coches de hormigas, de gusanos los autobuses, las ametralladoras de gárgolas enfurecidas. El proyector de mi abuelo mantenía la elegancia de un estilo, no estaba disfrazado. Definitivamente tenía un estilo finisecular, donde se unen, tan peculiarmente, unas máquinas recién inventadas con un diseño al servicio de algo más lento y decorado. Probablemente esta máquina arribó a las playas de la Costa de la Muerte directamente del interior del Nautilus. Mis familiares la recogieron llenos de incredulidad y decidieron, cómo no, montar un cine. Así surgen las grandes empresas; algo de azar, algo increíble y una decisión rápida.
Que no te parezca imposible que recogiesen el proyector en la playa. En la playa, según oí contar a mi abuelo, aparecían cada cierto tiempo cosas dispares y en grandes cantidades, yo mismo fui testigo de montañas de tabaco rubio americano amontonadas a base de rastrillos, tal era la cantidad. También vi playas de cantos rodados pero… ¡de cemento! Y oí hablar de mareas de naranjas. La Costa de la Muerte es también la costa de lo fructífero, de lo múltiple, de lo diverso, de lo inesperado, de lo excesivo. Que no te parezca imposible que el proyector viniese del Nautilus. De haber sido encontrado en la playa ¿de qué otro sitio sino de la sala de proyecciones del capitán Nemo podría provenir? ¡Nadie tira un proyector por la alcantarilla!

Como muestra de lo eterno y generoso del mar (aunque Cunqueiro le diese una antigüedad de sólo 40 años) te puedo contar que de pequeño encontré un reloj en la playa. Parece del todo natural que si de esta costa estas rías, de estas rías estas playas, de estas playas un reloj. Esta es una secuencia muy lógica, si tenemos en cuenta que esta costa que tiene que ver con la muerte, por esto, a la fuerza, tendría que ver con el tiempo. La Costa de la Muerte bien podría llamarse la Costa del Tiempo. Y si el mar es eterno, los relojes también lo parecen. Por eso es normal encontrar relojes en las playas, son su hábitad natural.
Cuando Jodorowsky le pidió a Dalí que interpretase al Emperador de la Galaxia, en su película Dune, Dalí, para ponerlo a prueba le dijo: Yo iba mucho con Picasso por la playa; un día paramos y encontramos un reloj. ¿Ha encontrado usted algún reloj en la playa? Jodorowsky le contestó: No, pero he perdido muchos.
El que yo encontré era un reloj antiguo de bolsillo, con las agujas de oro, que marcaba el tiempo del mar. Como sabes, la luz se ralentiza cuando atraviesa por un liquido, también nosotros nos movemos despacio debajo del agua. El tiempo del mar es un tiempo más lento. Era un reloj de mar y además lunar, porque los ciclos de las aguas, de los líquidos, no se rigen por el sol sino por las mareas, y las mareas por la luna. Quiero decir, retrasaba.
Ahora este reloj forma parte de mi colección de Tres Relojes Antiguos de Bolsillo.
Al final cerraron el cine y vendieron la máquina prodigiosa. Cuando me enteré ya era tarde, les hubiese comprado yo el proyector. Sentí así lo que sintió Méliès ante la negativa de los hermanos Lumière de venderle un cinematógrafo.
¿Qué puede significar llamarse Lumière e inventar el cinematógrafo, que nos quiere contar semejante sincronía?, por llamarlo así. Pero, parece ser un método habitual en los franceses cuando inventan, sino ¿cómo explicar que el inventor de la guillotina ¡se llamase Guillotin!? Si nosotros empleásemos este método tú podrías inventar, para las rosas, las espinas. O un panteísmo de cuño judío. Y podrías pulir con tus manitas lentes que luego utilizaríamos para ver las estrellas.

1 comentario:

estibaliz dijo...

Me pregunto cuánto lleva esta carta escrita y yo sin leerla.
Recuerdo haber empezado una serie truncada de cartas en el 2004, según el tiempo terrestre. Luego se hizo el vacío.

Es evidente que esta carta, que acabo de encontrar en una playa dentro de un reloj marino, ha seguido un decurso diferente. El decurso del privilegio y del hallazgo. Es ese un decurso lento.

Lamento no haber encontrado jamás nada memorable en una playa. Tabaco rubio que no fumaría. Aspiradoras diplodocus que no utilizaría. Proyectores con los que no sabría por qué peli decidirme. Nada. No guardo ni una concha tópica.

Acabo de ver claro que lo de navegar por internet tiene su sentido como metáfora. De repente sus mareas me arrojan a los pies esto.

Todavía lo estoy examinando y rascándome un peludo e ilusionado cráneo.

Mi Bici

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Bicicleta anarco-fascista, estupendo aparato para pensar.
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