Cáspita!

¡Cáspita!

LOS POETAS Y LOS GATOS Y POR POCO LA VENTANA.

A mi los gatos me joden bastante. Tuve la típica conversación sobre gatos con un amigo que tiene uno. Era inevitable que me acabase diciendo: "Es que son muy independientes." "Si son tan independientes, le digo yo, que se busquen un trabajo. Y que contribuyan con un sueldo a la casa."
Han conseguido, presumiendo de independientes, vivir a costa de todos los incautos que, mientras alardean de lo autónomos que son sus gatos, los mantienen. Es precisamente esa petulancia, ese no necesitar a nadie, lo que me revienta en ellos. Será porque es lo que a mí me falta, esa arrogancia que empieza por ignorarnos, quitándonos la posibilidad de cualquier respuesta, y acaba olvidándose de nosotros. Eso es lo que me falta a mí, olvidarme de los demás, y, cortesmente, mandarlos al carajo. (No puedo. No puedo, mecachis).

A los poetas (y a personas sensibles y muy autosuficientes) les gustan los gatos, nadie sabe por qué. Y también les gusta que nos enteremos de que les gustan los gatos, como mostrando una unión entre ellos que nos deja al margen de algo importante que nunca alcanzaremos a comprender. Que chachi son ellos, sus mascotas, y la relación que los une. Yo nunca estaré a la altura.

Yo no soy autosuficiente como un gato, pero si soy muy sensible, y ahora siento que la ventana no estuviese un poco más hacia la derecha, porque así la pared no nos impediría comprobar que, como los gatos son tan guays, siempre caen de pie. O no.


Mi Bici

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Bicicleta anarco-fascista, estupendo aparato para pensar.
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